Sunshine on Leith es
el último título que llevará a los fans a las salas. Ya se sabe que estas
tramas no son de profundizar mucho porque siempre tocan el amor desde sus
aristas más genéricas y melifluas, todo para que luzca más el espectáculo en
sí. Pero que no esperen un vodevil colosal porque esta producción aparca en lo
costumbrista; y no sólo por su temática, sino por el corto presupuesto.
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| © DNA Films |
La historia se hilvana con la discografía de los escoceses
The Proclaimers. Abba abrió una veda que a día de hoy prosigue. Sus canciones sirvieron
para escribir Mamma Mia, un enredo de
amoríos y jolgorio veraniego desarrollado en las islas griegas (no podía
ocurrir en otra ubicación). España no quiso quedarse atrás, y así los
espectáculos horteras de revista tan oriundos de aquí tornaron hacia un estilo
más fresco: ahí están los textos de Hoy
no me puedo levantar y Marta tiene un
marcapasos, homenajeando a Mecano y Hombres G respectivamente –no hay
manera de que los ochenta se vayan-.
En este caso, el argumento se lanza con unos soldados que, a
punto de entrar en combate, se ponen a entonar canciones, acabando la intro de
manera fulminante; la escena descoloca por lo chocante que resulta. A continuación
ya todo es más calmado: los chicos regresan al hogar después de su servicio.
Los dos amigos, vestidos aún de militares, pasean por Edimburgo y comienzan con
el I’m on my way (tema que se oyó en Shrek). Luego empiezan los reencuentros
en su vuelta a la vida civil, los amores repentinos, las mentiras y demás
tejemanejes tan asiduos de esta categoría cinematográfica.
Fiestas en los pubs, afabilidad familiar, romances y ansias
de transmitir frenesí jovial. Sin embargo, el trasfondo se queda un poco frío.
Los problemas que se ven son muy del día a día, y sin las canciones serían la
nadería hueca. Que conste que hay ganas de enseñar el espíritu fresco del
musical. Si no fuera por el número final, la historia y los personajes
lanzarían un mensaje muy insulso; quizá sea porque algunos de los chascarrillos
se entenderán más en un contexto británico (seguramente si los musicales
españoles se hicieran largometraje sucedería lo mismo).
Todo el presupuesto parece haber ido a la última escena, la
cual consigue que el público se vaya feliz, ¿Quién no se anima con 500 miles? Qué flashmob tan bien llevada en el corazón de Edimburgo, ¡Y cuanto plano y movimiento de cámara! ¿El director se ha dejado influenciar por Michael Bay?
Ver una película de esta índole proveniente de Escocia es algo
inaudito con lo acostumbrados que nos tiene a las otras sensaciones: la
sordidez de Trainspotting, la fuerza
de William Wallace en Braveheart, etc.
Ahora los campechanos, toscos y cercanos pelirrojos les da por enseñar su
faceta moñas. Es como si cada personaje estuviera escuchando en su cabeza “Love is in the air everywhere I look around”
todo el rato. Ver a chicos tan blanditos chirría cuando sus paisanos Ewan
McGregor y Sean Connery han vendido otra pose más salvaje. Pese a ser tan duros,
ellos también saben hablar del amor. Aunque acaramelar tanto el whisky no es
bueno porque los toques amargos saben insípidos finalmente.
No posee presupuestos inconmensurables ni estrellas internacionales, ni un cancionero demasiado popular. Pero hay que reconocer su buen hacer. En este amanecer los nubarrones no tapan el sol por completo, así que el día será bonito al fin y al cabo.
No posee presupuestos inconmensurables ni estrellas internacionales, ni un cancionero demasiado popular. Pero hay que reconocer su buen hacer. En este amanecer los nubarrones no tapan el sol por completo, así que el día será bonito al fin y al cabo.
Lo mejor: La coreografía final.
Lo peor: Es inevitable compararlo con los grandes; y sale
perdiendo.
Por María Aller
@Llesterday_Mary
Por María Aller
@Llesterday_Mary



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