Dicen que se ha muerto un tal James Gandolfini. Empeñarnos
en hacer una retrospectiva del trabajo del actor para el cine, es aquello a lo
que nos hemos acostumbrado en España: trabajar mucho, para obtener un mediocre
rendimiento. Gandolfini, un actor enorme, siempre ha sido (y será) Tony
Soprano, un personaje que, sin ánimo de querer exagerar, está a la altura de
las creaciones de ficción más grandes de la historia. Un Hamlet, un Darth
Vader, un Quijote.
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| Poder… |
Antes de que le llegase la oportunidad de interpretar al
exuberante y caprichoso mafioso de Nueva Jersey, Gandolfini había embutido las pantallas
en productos de acción con un éxito relativo. Vamos, que nadie salió de ver "Marea Roja" y comentó con sus acompañantes el buen trabajo de ese animal de
bastante más de 100 kilos, dando la réplica a Denzel y a Gene Hackman. Por dios,
si su caché debía de ser cómo el de Liberto Rabal para aceptar salir en una
cinta tan sospechosa como la "Perdita Durango" de Álex de la Iglesia.
A punto de cambiar de siglo, a Gandolfini le cambió la vida.
David Chase le cedió el poder absoluto sobre ese grupo de horteras y violentos
que conforman sus hombres de confianza, en el más glorioso producto que jamás dio
la televisión: "Los Soprano". De hecho,
siguiendo la estela de otras series de éxito, podría haberse llamado
perfectamente La hora de Tony Soprano,
u, homenajeando otras grandes como "Arnold"
o "Webster",
haberlo dejado simplemente en Tony.
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| El Mesías |
Inteligente, maquiavélico, bipolar, soberbio, cariñoso, comilón,
amante de su familia hasta el punto de odiarla por no ser como él siempre
habría querido. Es de los pocos personajes que cuando se encara con alguien,
todo tu ser da un respingo en el sofá, asustado, por si el carácter irascible
de Tony sobrepasara la pantalla para agarrarte del cuello y tumbarte
violentamente contra el suelo para reventarte la cabeza a hostias. Una personalidad de tal magnitud que es capaz de tatuar en la
mente del espectador escenas que se desarrollan en solo 2 segundos (¿Qué no? ¿Y no os acordáis del fugaz polvo patricio en la azotea de cualquier villa de la Antigua Roma?).
No existen calificativos para describir al Macho Alfa por
excelencia, al reflejo de la decadencia de una estirpe que se crió viendo a Al
Pacino repartir justicia a la siciliana, mientras sus padres cortaban los dedos
del carnicero del vecindario por olvidar pagar “su protección”. Un hombre atormentado
por la insana educación que le dio su madre, obsesionado con no ser la sombra
de un padre carismático y arrollador. Se las vio con Ralph Cifaretto, con sus
“hermanos” de Nueva York, con el FBI, con su tío y con su madre….Un agujero
negro que absorbe todo lo que tiene alrededor con un puro en una mano, y un
arma en la otra. Y sobretodo, ese final…ese fundido de la pantalla que deja al gusto del consumidor
el destino de Tony.
El de Gandolfini (el destino) parece que ya estaba escrito.
El de Tony sigue vivo. Está por ahí, en Satriale’s
o en cualquier hotel de lujo engañando a Carmela con alguna puta de lujo. O en Las Vegas apostando hasta el último
centavo. O controlando a los chicos que salen con su querida Meadow. Tony es
inmortal.
Por J.M.C.



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