Sean Durkin dirige la película con ritmo pausado pero regular, cosa que ayuda al espectador a no perder el interés ni en las secuencias con menor sentido, entiéndase aquí el término sentido como el significado de aquellas escenas en las que parece no ocurrir nada pero que sirven como descripción perfecta del desencadenante de la huida que se produce justo al comenzar y que observamos con cierta mezcla de frialdad y curiosidad.
El notable mérito de Durkin es ser capaz de tornar esa frialdad en absoluta empatía con el personaje interpretado por una sorprendente Elizabeth Olsen.
La influencia de Haneke ("Funny Games", "La Pianista"...) es notable y observamos que la puesta en escena es digna de un alumno aventajado, ya que, sin ser una película violenta o visualmente impactante, como sí lo son 2 o 3 del maestro alemán, muchos de los momentos del filme son absolutamente turbadores y duele pestañear porque uno no quiere perderse ni un detalle. Qué maravillosa sensación es esa de sentirse hipnotizado por los fotogramas y qué fácil parece hacerlo, cuando realmente se trata de una composición portentosa de guión, fotografía, trabajo actoral y, en este caso, de ausencia de banda sonora.
Ojo, también, a la denuncia social, al peligro de estos grupúsculos que, aprovechando la debilidad de sujetos ahogados por la soledad, la falta de adaptación, el hartazgo y demás daños colaterales producidos por una sociedad devoradora de seres humanos, se hacen dueños de esas personas anulando por completo su condición de elementos independientes. "Martha, Marcy, May, Marlene" es un grito sutil contra ese virtual homicidio en primer grado.
Buen cine para esta tarde de sábado, amigos.
Por Javier Gómez.



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